martes, 7 de junio de 2016

El legado digital de Albert Einstein

Internet es una mina de tesoros en la que se acumulan miles de documentos y fotografías digitalizadas que pertenecieron a nuestros antepasados. Y todo ello gracias a una intensa labor de digitalización.

Como ejemplo de ello hoy traemos aquí la obra de Albert Einstein que la Universidad Hebrea de Jerusalén decidió digitalizar y colgar en la red, lo que supone que a día de hoy tenemos la oportunidad de ver desde sus obras originales hasta notas que escribió a su madre y sus amantes, es decir, un auténtico patrimonio digital de gran valor que nos permite conocer cómo era este genio alemán.

La obra se encuentra recogida en la página web oficial del proyecto con el fin de que su conocimiento pueda ser universal y accesible a cualquiera. Entre los documentos, destaca una carta que Einstein dirigió al palestino El-Nashshibi, editor del periódico “El Falastin” en la que propone una solución al conflicto entre árabes y judíos.

http://alberteinstein.info/

No dejamos de sorprendernos cuando nos damos cuenta de lo que tenemos delante. La Historia se vuelve hacer presente gracias a este gran proyecto. Y al igual que Einstein, aunque no tengamos su capacidad intelectual, nosotros mismos también podemos conservar nuestra obra, nuestro legado.

jueves, 2 de junio de 2016

Reseña de "Gaza, cuna de mártires", de Mikel Ayestarán

"Los palestinos nos enfrentamos a un ejército regular, mientras que la mayor parte de nuestras bajas son civiles... Es la guerra. No atacamos a estadounidenses o europeos, ni siquiera a judíos o israelíes fuera de Palestina. Solo estamos defendiendo nuestro derecho a vivir en nuestra patria. Durante siglos hemos convivido en paz con los judíos ¿por qué ahora ellos quieren un estado colonial? Pueden vivir en Europa o en Estados Unidos, yo no tengo problemas con los judíos, pero combato la ocupación."

Quizá esta frase de Fathi Shaqaqi, fundador de Yihad Islámica, sea uno de los mejores resúmenes cortos del conflicto entre Israel y Palestina, y por ello lo he elegido como carta de presentación del libro "Gaza, cuna de mártires", de Mikel Ayestarán. No voy a presentar a su autor como suelo hacer en otras reseñas porque prefiero que visites su blog y sepas por ti mismo qué hace y cómo lo hace.


Sigo a Mikel desde hace muchos años a través de EITB, desde antes de que abriera su cuenta en Twitter y consiguiera llegar así a más gente, y es que me encanta el trabajo de los periodistas que yo llamo de trincheras, los que se remangan los brazos y se hunden en el lodo para hacernos llegar la realidad de lo que pasa en el mundo, alejándose así de posturas doctrinarias y partidistas que nos insuflan desde gobiernos y medios de comunicación cómodamente instalados a miles de kilómetros de distancia.

En tan solo 130 páginas, en formato de reportaje, con letra grande y bien espaciada (se lee en un santiamén), nos encontramos ante un trabajo bien documentado, con referencias a fuentes fuera de toda sospecha, en el que se nos explica lo que ocurre en primera línea de fuego, sin necesidad de recurrir a sesudos análisis de expertos en "no sé qué". Prácticamente no hay sitio que Mikel haya visitado que no haya sido bombardeado por el Estado israelí.

"Un ejército de trabajadores públicos forjados en universidades extranjeras con becas del régimen y con dominio excepcional del ruso, español, francés, inglés, turco o japonés forman la unidad de atención a extranjeros del ministerio, y son los encargados de guiar a la prensa y escribir informes sobre el trabajo de los reporteros tras su salida del país."

El punto de partida lo marca este extracto que nos describe el contexto en el que llevó a cabo una entrevista a Bashar al-Assad en 2007, curiosamente el año anterior a que yo viajara allí a conocer Siria. Aún recuerdo la gran cantidad de carteles del presidente que había por Damasco y otras ciudades. A partir de ahí Mikel nos explica la génesis de las Brigadas Ezzeldin al-Qassam, brazo armado de Hamás, de las Brigadas al-Quds, brazo armado de Yihad Islámica, de los Hermanos Musulmanes y del Estado Islámico. Interesante saber que, originariamente, varios de estos grupos eran laicos, nacionalistas y socialistas, pero con el curso de los acontecimientos han tomado una deriva religiosa que les sirve como nexo de unión en su lucha contra el sionismo. De esta forma, Gaza ha acabado por convertirse en una cuna de mártires similar a la de la iglesia católica del pasado. Tal es así que lo que queda de las posesiones de Ahmed Yasín, fundador de Hamás, se conserva tal cual está, convirtiéndose de esta forma en reliquias sagradas.

"Cuando le respondí que era vasco, me pasó el brazo por el hombro en señal de solidaridad. (...) "Vosotros también estáis ocupados".

Sin proponérselo, Mikel empatiza así con los anónimos milicianos entrevistados que van desfilando por el libro, y es que en Oriente Medio es muy conocida la tradicional solidaridad de los vascos con el pueblo palestino. Quien quiera ver aquí algún componente político oculto puede hacerlo, está en su derecho aunque vaya errado, pero si lo hace, que también les pida a sus líderes políticos que, en vez de viajar a Venezuela a ganar votos para el 26-J, que  viajen a Palestina a intentar mediar en la solución de una guerra que constituye una de las mayores vergüenzas de la geopolítica y la geoestrategia occidental de la Historia. Aunque ya sabemos que eso no ocurrirá nunca, principalmente porque la visión generalizada en Occidente que hay del conflicto entre Israel y Palestina es la que se muestra en este video.




Este es el verdadero motivo que hay detrás del reconocimiento del Estado de Israel en 1947: se ha convertido en la pica en Flandes del Oriente Medio, del catolicismo y el capitalismo occidentales, una consecuencia negativa más del siglo XX, un siglo de guerras de religión cuyo rasgo principal es la intolerancia. Quienes pregonan un pluralismo inherente a su supuesta ausencia de ideología siguen considerando que el mundo no es lo suficientemente grande para la coexistencia de las seculares religiones rivales. Por eso hubo una inadmisible concesión al sionismo que dio inicio a una guerra en 1948 sin visos de acabar nunca, tal y como se puede deducir de estos párrafos:

"La maquinaria de propaganda no para, lo que más funciona en Hamás son los lazos familiares, las dinastías de combatientes que van pasándose el testigo de la resistencia de generación en generación, el odio a la ocupación y la obligación de vengar la muerte de tantos seres queridos."
"Alá elige a sus mártires y el lugar donde tienen que morir, es voluntad de Alá"

Es terrible intuir que esta guerra ha pasado a formar parte ya de la tradición islámica, al igual que el Ramadán o la peregrinación a La Meca.

Mikel también nos muestra -valiéndose del iPhone 6- que hay ricos y pobres en Gaza, que hay vida más allá del Barcelona y del Madrid, que él ha pasado miedo haciendo su trabajo, y que "ser chií es, para los musulmanes suníes, peor que ser judíos". Bienvenidos al mundo real de sopetón. No hay manera de acabar con el fanatismo religioso porque no hay manera de acabar con las malditas creencias religiosas que nos constriñen y condicionan. Los historiadores sabemos muy bien que la religión es un cáncer incurable, da igual cuál sea el credo profesado.

Gaza, cuna de mártires no es un libro para todo el mundo sino únicamente para filósofos, y me explico, es para aquellos que aman el conocimiento, para los que quieren saber por propia iniciativa lo que pasa exactamente en Palestina, alejándose así del concepto marxista de ideología que es el que impera a día de hoy en nuestra sociedad. Si alguien no entiende esto es que no ha leído a Marx, pero aún está a tiempo yendo a una librería. Los que son del "todo gratis" pueden esperar a que yo explique en este blog, que lo haré, qué entendía Marx por ideología. Cualquier medio es bueno para combatir la ignorancia. Pero volvamos al libro que es lo que importa.

Tras su lectura te queda una gran inquietud por dentro: concluyes que este conflicto nunca acabará por la vía del acuerdo. La lucha va a seguir así durante mucho tiempo y, en este estado de cosas, necesitamos a más personas como Mikel Ayestarán y sus compañeros del Colectivo 5W. Gracias a profesionales como ellos nos llega la información de primera mano, sin edulcorantes televisivos, sin eslóganes demagógicos, sin sesgos de ningún tipo. Eso sí, Mikel, te hago una petición pública: por favor, cuando decidas parar, no te conviertas en un Pérez Reverte :-).


martes, 31 de mayo de 2016

El criterio de la certeza en Descartes: la evidencia

Con la obra del filósofo francés René Descartes (1596-1650) se inaugura la modernidad filosófica. En él encontramos desarrolladas –por primera vez en la historia de la filosofía– una rigurosa teoría del conocimiento y una honda preocupación por el método, además de una decidida subordinación de ambas piezas al único fundamento que puede y debe legitimar su empleo, esto es, la «luz natural» de la razón humana. Es por eso que se vincula su filosofía al racionalismo, es decir, la corriente filosófica europea que acentúa el papel de la razón en la adquisición del conocimiento.

René Descartes
Es preciso significar que la razón cartesiana es inseparable de la importancia que el filósofo atribuyó a las matemáticas como único conocimiento cierto y evidente. Descartes fue el primero en destilar filosóficamente la principal consecuencia de los grandes descubrimientos científicos de Kepler, Copérnico y Galileo: que la aplicación de la matemática a la investigación de la naturaleza –su «matematización»– revelaba, en última instancia, que todo conocimiento verdaderamente científico lo era siempre en virtud del carácter universal del conocimiento matemático. Por tanto, puesto que las matemáticas expresaban una verdad segura y universalmente válida, el proyecto de la razón cartesiana se inscribe en una novedosa concepción de la filosofía entendida como una «matemática universal».

Aclarada la íntima conexión entre racionalismo y matemáticas, podemos abordar mejor su reflexión sobre el criterio de la certeza que es, en primer lugar, un problema relativo al método, es decir, al procedimiento u operación mentales con las que pueden determinarse, siempre desde la razón, las condiciones de un saber cierto y seguro, de validez general.

En la segunda parte de su Discurso del método (1637), el filósofo francés establece cuatro reglas o preceptos que sirven para caracterizar externamente el método. Esta caracterización nos sirve sobre todo para determinar el orden de los razonamientos para poder alcanzar la verdad:

-  La evidencia: consiste en no aceptar por precipitación o prevención ningún conocimiento que no nos resulte absolutamente claro y distinto. 


-  El análisis: implica reducir toda cuestión o conjunto de cuestiones a sus elementos componentes más simples. 


-  La síntesis: significa recomponer de nuevo, de forma ordenada, lo antes analizado y divido para su mejor comprensión. 


-  La enumeración: consiste en una revisión final de todos los pasos precedentes para asegurarse de que nada se ha omitido. 


A esta caracterización externa le corresponde, desde un punto de vista interno, las dos operaciones principales del entendimiento por las que llegamos sin error al conocimiento cierto de la cosas, que son la intuición y la deducción. En el primer caso se trata de la operación por la cual, reduciendo las proposiciones compuestas a proposiciones simples, percibimos clara y distintamente el objeto de nuestra comprensión; en el segundo caso, se trata del procedimiento sintético-deductivo de recomposición y ordenamiento que parte siempre de la verdad de las proposiciones clara y distintamente percibidas. 
Una vez expuesto en sus dos vertientes el método, es necesaria su aplicación.

Para ello, Descartes elabora en sus Meditaciones metafísicas (1641) la conocida estrategia por medio de la cual, siguiendo el método arriba expuesto, pretende llegar a un principio único de la más elevada y absoluta certeza. La estrategia consiste en poner en duda todo el conocimiento previamente admitido por uno mismo, hasta llegar a esa verdad que, por resistirse a todo motivo de duda, sea fundamento de toda certeza. 
Tal verdad es que, para poder ser engañado (por ejemplo. por los sentidos, o por un «genio maligno»), para poder dudar de todos los conocimientos y suponer que todo es falso, es necesario que el yo que duda, o sea el sujeto que piensa todo el proceso de la duda, exista. «Pienso, luego existo» (Cogito ergo sum).


Si para Descartes, el cogito –la conciencia de sí mismo como cosa pensante o res cogitans– se nos impone como una verdad cierta por poder concebirla con toda claridad y distinción, es decir, por haber sido obtenida por intuición, se puede establecer como regla general que son verdades todas las cosas que concebimos igualmente de forma clara y distinta. En consecuencia, el criterio de la certeza se define siempre en base a la evidencia proporcionada por la claridad y la distinción de la primera verdad, que es la certeza del yo pensante. En otras palabras, que el criterio de certeza o seguridad subjetiva de los conocimientos se define a partir de las características según las que se presenta dicha verdad, que son las características de la claridad y la distinción. Con ellas aseguramos la firmeza y la verdad de todos los demás objetos de conocimientos obtenidos por intuición, incluidos los conocimientos matemáticos. 



jueves, 26 de mayo de 2016

El potencial de África

Beatrice Mukandori, una campesina de Ruanda, dice que antes de integrarse en One Acre Fund "cosechaba lo justo para comer, y no me duraba mucho tiempo".

Hacia el año 2050 es muy posible que tengamos en el mundo otros 2.000 millones de bocas que alimentar, y una pregunta se cierne sobre el planeta: ¿quién cultivará todo ese alimento? Una posible respuesta es África, el continente por el que a mediados del siglo la revolución verde pasó prácticamente de largo. África aún tiene tierras cultivables y abundante agua de riego, y margen más que suficiente para mejorar sus rendimientos agrícolas. Esta es una visión tal vez demasiado optimista, pero con las inversiones e innovaciones agrícolas adecuadas, algunos expertos creen que África podría alimentarse mejor a sí misma, y al mundo.

Parte de la solución podría estar en manos de pequeños agricultores como Beatrice Mukandori. Esta mujer vive en una aldea del oeste de Ruanda y se ha apuntado a One Acre Fund, una ONG que concede créditos a los agricultores para su formación y para la adquisición de semillas y fertilizantes. Gracias a eso sus cosechas casi se han duplicado.

El fotógrafo Robin Hammond fotografió algo más que cultivos sin presencia humana, por lo que retrató a Mukandori y a otros campesinos como ella. Durante el proceso quedó asombrado de su generosidad. Cuando les proponía hacerles un retrato, lo invitaban a sus hogares y le ofrecían comida. "Lo poco que tenían lo daban al invitado", dice. Lo mejor de todo es que "la historia reta a pensar en este continente de otra manera".




Vía: National Geographic.

martes, 24 de mayo de 2016

El legado de Lalibela

El primitivo reino cristiano de Abisinia o Aksum (siglo IV d.C.) fue uno de los más poderosos estados de su tiempo y, aún en época de Mahoma, era un poder a tener en cuenta a pesar de que había entrado en decadencia. En ese período se creó la nueva capital, Roha (Lalibela).

La iglesia etíope fue introducida hacia el año 350 y era dependiente del patriarcado de Alejandría. Su rey Ezana, y su corte, fueron convertidos rápidamente, y Frumencio, su evangelizador, fue nombrado obispo con el nombre de Salamá. El pueblo no fue cristianizado hasta el siglo VI con la llegada de monjes sirios que probablemente eran monofisitas que huían de la iglesia oficial y que se enfrentaron al crecimiento del islam. Se constituyeron en iglesia de estado con un patriarca que fue designado por Egipto, un negus a la cabeza, y la gran cantidad existente de monjes y eremitas era dirigida por un etcheguié que tenía más autoridad incluso que el patriarca.

Su rey más famoso es Lalibela (1180-1235), impulsor de las grandiosas iglesias excavadas en la roca en las cercanías de Lalibela y el complejo eclesiástico de Tana Kirkos, en el lago Tana, pero esta comunidad cristiana también está rodeada de leyenda, concretamente la del Preste Juan, cuya figura fue probablemente la de Yimrehane Kristos (siglo XII) que además de ser sacerdote fue rey. En el siglo XV mucho mapas portugueses identificaron el reino de Etiopía con el reino del Preste Juan, probablemente debido a los contactos comerciales que había establecidos entre ambas zonas.

Iglesia de San Jorge
Sus habitantes acuden diariamente a misa envueltos en turbante y túnicas de algodón blanco. Las ceremonias religiosas se celebran en ge’ez, un idioma que se dejó de hablar hace muchos siglos pero que sigue siendo la lengua de la iglesia ortodoxa etíope, en definitiva, algo así como el latín en la iglesia católica. Tienen una clarísima influencia judía como lo prueba la práctica de la circuncisión, la prohibición de comer carne de cerdo, la celebración de la festividad del sábado o el uso de nombres del Antiguo Testamento. Realmente impresionante el legado que nos ha llegado a nuestro tiempo.

Lalibela (Vía Tadias)

jueves, 19 de mayo de 2016

La reflexión del método en Francis Bacon

Para la nueva concepción de la ciencia que nace a partir del Renacimiento, la importancia del pensador inglés Francis Bacon (1561-1626) radicó sobre todo en su aguda reflexión sobre las condiciones de posibilidad de la ciencia y de sus métodos de investigación, esto es, las condiciones de su progreso en general, la función práctica que posee en cuanto instrumento humano de dominio y transformación de la naturaleza, así como los prejuicios que impiden su desarrollo efectivo.

Francis Bacon
Por tanto, a diferencia de las grandes cabezas científicas del Renacimiento como Kepler o Galileo, que contribuyeron con sus descubrimientos no sólo a que se asentara el nuevo lugar del hombre en el universo sino que afianzaron una serie de procedimientos de validación y desarrollo científicos fundados en la matemática y en la física modernas (formulación de hipótesis, deducción y experimento), la reflexión baconiana, tal como es defendida programáticamente en su Novum Organum Scientiarum, es de orden filosófico-teórico y apunta en todo momento a una decidida renovación de las ciencias, a una completa instauración del saber humano.

En este sentido Bacon señala que el ambicioso proyecto de un verdadero conocimiento científico debe tener al menos dos fases bien diferenciadas: la primera, la pars destruens, consiste en desembarazarse de aquellos ídolos (idola) o falsas nociones que han invadido el intelecto humano; la segunda, la pars construens, consiste en exponer las reglas del único método que puede volver a poner en contacto a la mente humana con la realidad, esto es, el único procedimiento científico capaz de descubrir aquellas formas o esencias de la naturaleza que, por ser estables y cognoscibles, pueden manejarse como instrumentos de dominio y transformación efectivos (por ejemplo, formulándose como leyes generales de comportamiento de objetos).

1) En cuanto a la teoría de los ídolos, es decir, la teoría según la cual la mente humana se hallaría condicionada por una serie de prejuicios que impedirían el auténtico desarrollo científico o, como dice el propio Bacon, dificultarían el acceso a la verdad, cabe distinguir cuatro tipos de ídolos:

- Los ídolos de la tribu (idola tribus): reflejan aquella inclinación común del intelecto humano por imaginarse y suponer coincidencias, correspondencias, relaciones y órdenes de cosas que no existen en realidad más que como mero reflejo de la propia naturaleza humana, es decir, es la inclinación a interpretar erróneamente la naturaleza sin tomar conciencia de la ineludible dimensión antropomórfica que subyace a dicha interpretación.

- Los ídolos de la caverna (idola specus): tienen su fundamento en la naturaleza individual del ser humano y se refieren a todos aquellos condicionantes de carácter, así como la educación recibida, nuestras convicciones y costumbres, que moldean y constituyen nuestro pequeño mundo en cuanto individuos, y distorsionan así la luz con la que contemplamos la naturaleza.

- Los ídolos del mercado (idola fori): son aquellos errores que tienen su origen en la comunicación y en el trato de los hombres entre sí, sobre todo los ocasionados por el uso siempre ambiguo del lenguaje.

- Los ídolos del teatro (idola theatri): provienen de la aceptación acrítica de aquellos sistemas o doctrinas filosóficos por el simple hecho del prestigio histórico, social o cultural que se les ha reconocido.


2) En cuanto a la constitución de las reglas de un nuevo método científico, Bacon defiende incansablemente una mejor comprensión del método inductivo, es decir, el método que establece principios o leyes de carácter general a partir de la observación de los hechos.

Para Bacon –como ya para Aristóteles– el método inductivo parte ciertamente de la observación particular de los hechos empíricos pero, a diferencia del estagirita y de toda la tradición escolástica, éste ni debe proceder por la simple enumeración acrítica de casos particulares ni caer con demasiada ligereza en afirmaciones o conclusiones generales de tipo finalista. Al contrario, la inducción baconiana procede siempre por eliminación, esto es, filtrando crítica y sistemáticamente los hechos empíricos a través de una serie de tablas categorizadoras (tabla de presencia, tabla de ausencia, tabla de grados), cuya comparación permite en última instancia conocer la ley o forma de la propiedad natural que se está investigando. Sólo con la aplicación de estas tres tablas sobre un hecho observable y, por tanto, con la previa exclusión de las hipótesis falsas, sólo entonces queda habilitada la inducción en sentido estricto, que es la condición de posibilidad baconiana del segundo momento del método, a saber, la deducción y el experimento, en el sentido de que de la hipótesis obtenida deben deducirse los hechos que implican.


martes, 17 de mayo de 2016

La cábala: la ciencia secreta de los judíos

El rabino español Moisés de León, autor del Zohar, el principal libro cabalístico, intentó explicar qué es la Cábala valiéndose de una metáfora amatoria que describía la experiencia del hombre entregado al estudio de la Torá, la Ley de Dios: «La Torá es una bella amada que se esconde en las estancias de su palacio. Tiene un amante secreto, el sabio de corazón, que por amor a ella, día y noche ronda la casa. Ella lo sabe y, durante un instante fugaz, se asoma y le muestra su sonrisa para esconderse de nuevo. De todos los presentes, sólo él la ve, y todo él, su corazón y su alma, se vuelve hacia ella, porque sabe que durante ese mismo instante, ella también ha ardido de amor por él. Y sólo entonces se le vuelve claro el verdadero sentido de la Torá. Por eso, hay que estar atentos a la Torá, para convertirse en su amado».

Esta explicación espiritual, en la que la ley divina es una amada y el cabalista es su amante, es cercana a algunas imágenes de santa Teresa o san Juan de la Cruz. Pero para hallar una explicación racional de lo que es la Cábala debemos comenzar por el momento en el que, según la tradición, Moisés recibe la ley de Dios en el monte Sinaí. Aunque para Occidente este episodio se reduce a la entrega de las tablas que contienen los Diez Mandamientos, la tradición judía cuenta que Moisés recibió el texto de la Torá («instrucción», «ley»), compuesta por los cinco primeros libros de la Biblia hebrea y del Antiguo Testamento cristiano: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. En estos libros se encuentran los 613 mandamientos que rigen la vida del judío practicante.

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Junto a esta Torá escrita, Moisés habría recibido además una Torá oral, que sería un desarrollo e interpretación de la escrita. Mientras la Torá escrita era accesible a todos, la oral se transmitió sólo de unos elegidos a otros. Desde el primer momento, se consideró que una parte de estas instrucciones no debía ser enseñada a todos, sino mantenida en secreto y transmitida a unos pocos elegidos, los «sabios de corazón». Para la concepción judía, dos obras posteriores, la Misná (siglo II) y el Talmud (siglos V-VII), son simplemente la puesta por escrito de la Torá oral revelada a Moisés. Existe aquí una línea de pensamiento que se adentra por los senderos del esoterismo y la mística.

El origen de la cábala 

Las doctrinas que siguen esta vía de interpretación se engloban bajo el concepto de «cábala». Esta palabra procede del hebreo qabbalah, «recibir», porque la cábala ha sido transmitida oralmente de un sabio a otro y es considerada, en realidad, como la parte oculta y secreta revelada en el Sinaí que permite la comprensión e interpretación más completa de la Torá escrita. Según la tradición judía, la cábala sería incluso anterior al Sinaí y tendría su origen en Adán. La práctica cabalística constituiría una especie de sexto sentido olvidado que poseyó el primer hombre y que todos los seres humanos tienen en potencia.

En realidad, el exilio babilónico (la deportación de los hebreos a Babilonia por Nabucodonosor II, 586-537 a. C.) habría resultado clave para la lectura simbólica del texto revelado. Y cuando el Templo de Jerusalén fue destruido por los romanos en 70 d. C., la morada del judaísmo pasó a encontrarse en la palabra dada por Dios, la Torá, y el deber de todo ser humano sería el estudio de esa palabra.  Así pues, podemos intuir los orígenes de la cábala en algún momento entre el regreso del destierro babilónico y el comienzo de la era cristiana. Hacia el siglo I-II d. C., tomando como punto de partida el capítulo primero de Ezequiel, con su visión de la merkabá, el carro o trono de Dios, y los palacios (hekhalot) donde vive, se desarrolló toda una literatura que aspiraba a tener un conocimiento de los misterios que rodean a Dios. Entre los siglos II y V d. C. surgió una literatura precabalística que hablaba de visiones y revelaciones de secretos celestiales, pero también explicaba métodos para estudiar y memorizar la Torá, vías para lograr experiencias místicas y la forma adecuada de rezar. Además, puesto que existe una conexión entre la esfera divina y la humana, se desarrollaron prácticas mágicas que favorecieran los intereses de los justos.

La aparición, en el siglo IX, del Séfer Yeziráh o Libro de la creación marcó el nacimiento de la Cábala en sentido estricto. Por primera vez se formuló la doctrina de las diez emanaciones (sefirot), los diez primeros números a través de los cuales la divinidad crea el universo. Esta teoría era una adaptación al judaísmo de doctrinas neopitagóricas que atribuían a los números un carácter sagrado y un poder creativo.

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En el siglo XII surgieron en Alemania las dos primeras figuras que podemos considerar auténticos «cabalistas»: Judá el Piadoso y Eleazar de Worms. Ya en el siglo XIII, la cábala clásica se extendió a la Provenza, y de ahí a Cataluña y el resto de España. En este período hay tres figuras cabalísticas fundamentales: Azriel ben Menahem de Gerona, el primero en utilizar el nombre de Cábala; su discípulo Nahmánides, que escribió un Comentario a la Torá, y Moisés de León, autor de la obra cumbre de la cábala, el Zohar o Esplendor, una compilación de toda la ciencia cabalística acumulada hasta entonces. Con la expulsión de España de los judíos en 1492, la escuela cabalística española entregó el testigo a la escuela de Safed (Israel), donde Isaac Luria el Ashkenazi, Moisés Cordovero y Josef Caro buscaron en la Torá, a través del Zohar, respuestas y consuelo para un drama que superaba su entendimiento racional.

De la teología a la magia

Hay dos tipos de cábala. La primera, y principal, es la cábala teórica (iyyunit), que pretende explicar la naturaleza de Dios y de su creación mediante el estudio teológico. La segunda es la cábala práctica (maasit), que se ocupa del empleo de la magia y las fuerzas sobrenaturales. La cábala teórica parte del siguiente razonamiento: toda la creación tiene su origen en el interior de la divinidad, en un lugar denominado Ain Sof («no límite»), que es inmaterial e infinito y es Uno. De él surge un rayo de luz, la primera emanación o proyección sobrenatural. Esta emanación ( sefirá en hebreo; en plural, sefirot, «números») no es materia, sino el pensamiento divino. A continuación, se crea el universo material, incluido el ser humano, mediante diez emanaciones o sefirot. Ain Sof, que es inmaterial, necesita estos pasos intermedios hasta llegar al mundo material.

Para alcanzar la gloria divina y fundirse con el Uno, el ser humano debe estudiar studiar la Torá, tanto en su vertiente racional como en la mística. La Cábala es la escalera que permite al hombre ascender los sucesivos niveles de la creación hasta reunirse con el Uno, con Ain Sof. El cabalista que lo consiga vivirá una experiencia mística como la que explica Moisés de León en el Zohar, citada al comienzo de esta entrada. Para a ello, el cabalista intenta más allá del sentido literal del texto empleando varias técnicas que parten del hecho de que la Torá está escrita en lengua hebrea y con caracteres hebreos. El alfabeto hebreo consta de 22 consonantes a las que se asigna un valor numérico según su posición en el alfabeto. Además, cada letra representa un principio simbólico. Puesto que Dios crea el mundo mediante la palabra (Génesis, 1), toda frase, palabra o letra escrita en la Torá ofrece información, a la vista de todos o de forma oculta, aguardando a ser descubierta por el sabio de corazón que lo merezca.

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Cifras y letras

Para alcanzar estos significados ocultos se desarrollaron varios sistemas cuyo uso era más común en la cábala práctica (maasit) que en la teórica (iyyunit), más preocupada por los aspectos simbólicos del texto. Los tres mecanismos básicos de la Cábala práctica son la gematría, el notaricón y la temurá. El primero de ellos, la gematría, extrae la esencia del texto mediante el valor numérico de cada letra, palabra o frase. Una vez hallado el valor del conjunto analizado, se pone en relación con cualquier otro fragmento o palabra de la Torá que presente un valor idéntico, con lo que se pueden intercambiar sus significados. El notaricón consiste en la formación de palabras, con su correspondiente sentido, por medio de acrósticos, es decir, tomando la primera letra de cada palabra de una oración. En cuanto a la temurá, obtiene nuevos sentidos alterando el orden de las letras, sustituyendo unas letras por otras de acuerdo a unas determinadas reglas, o bien separando las palabras sin tener en cuenta la gramática. Como toda la creación está conectada con la divinidad mediante las emanaciones o sefirot, nuestra vida está gobernada hasta en el mínimo detalle por las leyes superiores del universo. Y la Cábala proporciona al ser humano las herramientas necesarias para vivir en armonía con estas leyes.

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Llegamos así al fin para el que nació la Cábala: alcanzar la salvación, que no es sino la unión mística con Dios, viviendo una vida de acuerdo con la Torá. Las buenas obras acercan al ser humano a la divinidad, mientras que el mal lo aleja de ella. Ante la contemplación del mal, el cabalista puede tener la tentación de buscar en el estudio una solución práctica para su problema. Surge de este modo la cábala práctica (maasit), al alcance de los estudiosos que, al desarrollar mejor sus poderes espirituales, adquieren ciertos poderes místicos –o mágicos– para ayudar a la gente.

Para entender la cábala hay que comprender que todo gira en torno al dualismo entre la esfera superior, divina, y la inferior, terrenal y humana. La intención final es que vuelvan a estar unidas para llegar al estado perfecto de iluminación. Para ello se utilizan como metáfora los primeros versículos del libro del Génesis, donde se dice que Dios creó el cielo y la tierra, es decir, lo superior y lo inferior, y a continuación hubo luz.

Para saber más:

- La mística judía. Una introducción, J. H. Laenen. Trotta, Madrid, 2006.
- La cábala y su simbolismo, G. Scholem. Siglo XXI, Madrid, 2009.
- Cuatro textos cabalísticos, Azriel de Gerona. Riopiedras, Barcelona, 1994.
- El Zohar (21 volúmenes), Shimón Bar Lojai. Obelisco, Barcelona, 2011.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Acerca del pensamiento filosófico de la Edad Moderna (siglos XVII-XVIII)

He hecho un minúsculo sondeo en Twitter para ver si había interés en que tocase cuestiones básicas de filosofía en el blog y el resultado ha salido positivo, así que vamos a comenzar con una serie de entradas periódicas en las que procuraré explicar de forma entendible aspectos del pensamiento filosófico que flotan en nuestro ambiente actual y que, desafortunadamente, no somos capaces a menudo de comprender y, mucho menos, explicar. Y todo ello va a ser posible gracias al profesor de la UNED, Alejandro Escudero Pérez, que se toma la molestia de confeccionar unos apuntes maravillosos que nos ayudan mucho a los estudiantes a la hora de entender a los grandes pensadores. Y es que filosofar, filosofamos todos, pero entender lo que hay en el fondo... esa ya es otra cuestión. Oímos hablar o leemos sobre la metafísica, el nihilismo, el marxismo y otras muchas cuestiones, y, generalmente, escuchamos o vemos cada burrada que causa vergüenza ajena.

Imagen de Nueva Acrópolis.

Así que he decidido empezar por una época más cercana a la nuestra ya que, de ella, aún está "mamando" nuestro pensamiento actual (bueno, el que piense, que los hay que no piensan ni aunque les paguen). Esa época es la Moderna que enlaza con la Contemporánea, esto es, vamos a comenzar en el siglo XVII para llegar hasta nuestros días. Vamos allá, a ver qué pasa.

Las propuestas teóricas de los distintos filósofos modernos normalmente estuvieron agrupadas principalmente en corrientes como el Racionalismo o el Empirismo, pero cuidado, esto no significó que entre ellos no hubiese importantes diferencias porque las hubo. Esto se debió a que sus propuestas estuvieron entretejidas con procesos históricos propios de aquella época, que acaecieron de forma paulatina y con ritmos distintos, en las ciencias, las técnicas, la moral, la política, el arte y la religión.

Arriba, Descartes, Spinoza, Leibniz y Hobbes.
Abajo, Locke, Berkeley, Hume y Kant.
Por una lado destacamos la corriente llamada “Racionalismo”, que está directamente ligada al ‘afianzamiento’ de la ciencia moderna de la naturaleza (o también, de la física-matemática de la modernidad). Este peculiar ‘paradigma científico’ (caracterizado por el heliocentrismo, el mecanicismo, la primacía de lo cuantitativo, etc.) surgió con Copérnico y Kepler en el Renacimiento, pasó por Galileo, y, después, por Descartes, Newton y Leibniz. De esta lista fueron propiamente filósofos, además de científicos, Descartes y Leibniz. Por ejemplo, debemos a Descartes la geometría analítica, y a Leibniz el cálculo diferencial. ¿Qué pretendieron, como filósofos, ambos? Principalmente ofrecer una ‘fundamentación’ filosófica de la ciencia moderna. Hay que recordar que, en aquel contexto, el afianzamiento de la ciencia moderna no fue nada sencillo: la muerte en la hoguera de Giordano Bruno o la condena de Galileo son una prueba de ello, pero no la única: Descartes, por ejemplo, vivió parte de su vida en Holanda precisamente porque ahí podía dedicarse sin sobresaltos a sus estudios científicos, cosa que difícilmente podría haber ocurrido en Francia. Por otra lado hay que destacar el nexo entre la ciencia moderna y la primera ‘revolución industrial’, en la que se aplicaron técnicamente los conocimientos científicos.

De la corriente ‘Empirista’ (Hobbes, Locke, Hume, etc.) es preciso señalar su conexión con dos procesos históricos peculiares, uno de carácter político y otro de índole científica. En Hobbes y en Locke se fraguaron –aunque hay otros autores también representativos de esta idea- las concepciones ‘contractualistas’ del poder político: según ellas el poder del Estado no emana directamente de Dios (como sucedía en las teorías medievales o renacentistas ligadas a las monarquías de esa época), sino de un ‘contrato’ realizado por los ciudadanos en el que ceden su soberanía al Estado (esto, que ya encontramos expuesto en autores ingleses del siglo XVII, fue decisivo para la ‘revolución francesa’ del siglo XVIII). Por otra parte los autores ‘empiristas’ estuvieron vinculados a lo que puede llamarse ‘afianzamiento de las ciencias empíricas’ (unas ciencias más cualitativas que cuantitativas, en las que a lo sumo se alcanza una verdad probable gracias al razonamiento inductivo). John Locke, por ejemplo, era médico y estuvo ligado a la ‘historia natural’ (la ‘biología’ del siglo XVII y XVIII en la que destacaron Buffon y Linneo, y que consistía en un conocimiento clasificatorio en el que se realizaban exhaustivas taxonomías de los seres vivos. Hume, por su parte, fue historiador (escribió una voluminosa “Historia de Inglaterra”, por ejemplo).

¿Qué elemento es común a los autores ‘racionalistas’ y a los ‘empiristas’, es decir, a los autores del siglo XVII y de los primeros setenta años del siglo XVIII? Pues principalmente su marcado “Teocentrismo”: consideraban que el fundamento último del mundo es Dios, con dos notables excepciones: por un lado Spinoza, que sostiene que ‘Dios’ no es otra cosa que la ‘Naturaleza’-, y por otro Hume, que niega que ‘Dios’ pueda ser considerado el ‘fundamento último del mundo’.

Es necesario subrayar que este ‘teocentrismo’ de la primera modernidad es distinto del de la Edad Media (aunque haya, lógicamente, una cierta continuidad). ¿Cuándo se produce un cambio significativo en esto? Pues cuando se pasa del ‘Teocentrismo’ al ‘Antropocentrismo’, o sea, a la consideración de que el fundamento del mundo no es ‘Dios’ sino ‘el Hombre’. Se declara así al Hombre como el ‘Sujeto’, es decir, lo que ‘soporta’ y ‘sostiene’, por ser un ser ‘racional’, al propio mundo. ¿Y qué filósofo registra más nítidamente ese paso? Sin duda alguna Kant: su propuesta filosófica  conocida como ‘Idealismo transcendental’ significa que el Hombre, como Sujeto racional, es el fundamento del mundo, es decir, de la ciencia, de la moral, de la política, del arte, etc. Kant es la bisagra entre la primera modernidad y la modernidad plena, propia del siglo XIX.




lunes, 9 de mayo de 2016

El retrato de un oficio milenario: los pasiegos

El fotógrafo vizcaíno Iñaki Izquierdo Muxika, nos sorprendió a todos con su último reportaje fotográfico "Pasiegos. Siglo XXI" expuesto en Palacete del Embarcadero, Santander.  Cuando uno ve estas fotos, parece trasladarse en el tiempo, y es que sorprendentemente siguen manteniendo esas costumbres tan arraigadas que chocan con la sociedad moderna de hoy en día, en la que poco a poco estamos haciendo desaparecer profesiones y oficios que durante tantos años han sido tan esenciales.
Los pasiegos reciben su nombre de la comarca donde habitan que está constituida por tres valles formados por los ríos Pas, Pisueña y Miera. Y es el nombre de Pas, palabra derivada del latín “passus” (paso) de donde adquirieron el nombre de “pasiegos”. En estas regiones donde habitan, caracterizadas por el aislamiento del medio geográfico, han forjado una identidad y unas costumbres que han llegado hasta nuestros días.

La vida pasiega ha estado y está ligada principalmente a la ganadería, destacando una especial forma de trashumancia, denominada Muda, que consiste en el desplazamiento de animales a pastos de altura con la llegada de la primavera y retornando a sus casas del valle con la llegada del otoño. El desplazamiento lo hacen de cabaña en cabaña, tanto con sus animales como sus enseres, por lo que las familias pasiegas podían llegar a tener tres o cuatro cabañas distribuidas en distintos lugares según las zonas de pasto del ganado.

Es habitual verles cargando grandes cestos a sus espaldas, denominados “cuévanos”, uno de los elementos más característicos de la vida pasiega, ya que les sirve para transportar utensilios y alimentos, y antiguamente también utilizados por las mujeres para transportar a sus bebes cuando hacían la muda.

Estas y otras muchas historias forman parte de la milenaria población pasiega, que ahora tenemos la oportunidad de conocer con un magnífico reportaje que nos transporta a una realidad que no estamos acostumbrados a ver.












Fuente: jdiezarnal.com


jueves, 5 de mayo de 2016

Reseña del libro "La marcha Radetzky" de Joseph Roth

"Todos los hechos históricos -decía el notario- se redactan de forma especial para los libros de lecturas en la escuela. Y en mi opinión está bien así. Los niños necesitan ejemplos que puedan comprender y que se les queden grabados. La verdad exacta, ya la sabrán más adelante".
Estamos en la segunda mitad del siglo XIX, cuando el emperador del Imperio Austro-Húngaro, Francisco José I, le responde con esa frase al capitán de su ejército, Joseph Trotta, quien le había salvado la vida en pleno combate en la batalla de Solferino. Trotta se encuentra con que en un libro de escuela se exagera sobre su acción de forma descarada. Quizá se debiera a que en dicha batalla el ejército de Napoléon III le infligió una dura derrota empezando así a marcarse el declive de su imperio, algo que podía y debía ser explicado desde la heroicidad por múltiples medios propagandísticos, y es que todo vale con tal de salvar al Imperio cuya decadencia empieza a ser más que evidente.



En el cementerio parisino de Thiais, hay una tumba con una frase en francés que dice “Escritor austriaco muerto en París”. Con nada más que unas pocas flores en el típico macetero, es sobria y fría, como todas las lápidas, en mi opinión. En ella está enterrado Joseph Roth (1894-1939), considerado uno de los mejores escritores del siglo XX. Vivió 44 años y murió alcoholizado, en medio de una completa desidia y desazón.

Roth era de familia judía, y su infancia y adolescencia, tan importantes en la formación de cualquier persona, están sumidas en la más absoluta oscuridad. Acabó sus estudios de Literatura y Filosofía en Viena, y luego se enroló en el ejército austríaco para combatir en la Primera Guerra Mundial. La caída del Imperio Austro-Húngaro supuso para él la pérdida de su patria y se convirtió en un vagabundo desarraigado: vivió en Viena, Berlín, Ámsterdam y París. En 1932 publicó "La marcha Radetzky", su obra más conocida, y que le proporcionó cierta fama como escritor en una época de penurias. Pero volvamos a la familia Trotta.

"Él era un descendiente. Desde que había ingresado en el regimiento se sentía nieto de su abuelo, pero no hijo de su padre; era, en realidad, el hijo de su sorprendente abuelo".

Así es como describe Roth a Carl Joseph Trotta, uno de los protagonistas del libro, que transcurre en torno a tres generaciones de varones Trotta von Sipolje. El primero de ellos, Joseph Trotta, tras salvar de forma casual la vida del emperador Francisco José I, es ascendido por éste al rango de capitán, que además le condecora, le da una buena recompensa económica y le nombra Barón Von Sipolje, en referencia a la localidad eslovena en la que había nacido. No es casualidad que el protagonista detonante de la historia narrada en el libro se llame Joseph, es una necesidad que tiene el propio autor de formar parte de ella ante la nostalgia que le produce el esplendor de aquella época de los Habsburgo que desembocó más tarde en la Primera Guerra Mundial.

Tras estos hechos decide retirarse, pero antes impide que su hijo Franz, nuestro segundo protagonista, se haga soldado, con lo que opta por convertirse en funcionario. Desde su puesto de jefe de distrito Franz puede ver así satisfecha de alguna manera su evidente necesidad de servir al Imperio con obediencia y rigor militares. Y así llegamos hasta Carl Joseph Trotta, nuestro tercer protagonista (aunque para mí no es el principal), el nieto del héroe de Solferino que, por deseo de su padre, es un militar de cierto prestigio que cada verano, con la llegada de las vacaciones, regresa al hogar paterno entre los acordes de "La marcha Radetzky", el himno no oficial de Austria que cierra cada año el Concierto de Año Nuevo de Viena. En cada encuentro padre e hijo llevan a cabo el mismo ritual: el padre pasa revista de las actividades realizadas por su hijo, pasean brevemente y conversan. Carl Joseph es soldado muy a su pesar y no se lo puede decir a su padre, pero es igual, el padre lo sabe, es consciente en su interior de que su hijo lo acepta porque es un buen y obediente hijo. Todo ello es producto de la pesada carga que supone ser nieto del héroe de Solferino, así que continúa con su infeliz vida cuesta abajo. Y es que en el ejército las órdenes se cumplen, no se cuestionan, y la relación con su padre es marcial.


Hay algo que Carl Joseph no puede evitar: su propia naturaleza. Se descarría por debilidad, no piensa las cosas antes de hacerlas, se mete en líos de faldas, contrae deudas de juego y casi consigue que le expulsen del ejército, pero le salva su padre, que no duda ni un instante en acudir al mismísimo emperador para que le ayude. El emperador, todo un personaje magníficamente reflejado, es consciente del crepúsculo imperial que se avecina y, sin embargo, gestiona la situación con grandeza. Si se trata de un Trotta, hay que actuar y salvarle de inmediato, porque el Imperio es la única forma en que pueden convivir múltiples naciones, y Roth, al escribir, está pensando en los judíos.

"Los tiempos quieren crearse ahora Estados nacionales. Ya no se cree en Dios. La nueva religión es el nacionalismo. Los pueblos ya no van a la iglesia. Van a las asociaciones nacionalistas. La monarquía, nuestra monarquía, se basa en la religiosidad, en la creencia de que los Habsburgo fueron escogidos por la gracia de Dios para reinar sobre tales y tales pueblos, muchos pueblos de la cristiandad. Nuestro emperador es el hermano del Papa en el siglo, es Su Real e Imperial Apostólica Majestad, y nadie más sino él: apostólico. Y ninguna majestad en Europa depende tanto de la gracia de Dios. El emperador de Alemania seguirá gobernando aun cuando Dios le abandone; reinará si es necesario por la gracia de la nación. El emperador de Austria-Hungría no se puede permitir que Dios le abandone. Pero ahora Dios le ha abandonado".

Tras su regreso a la normalidad, Carl Joseph muere en la I Gran Guerra de manera poco ilustre. A Franz, su padre, todo le va tan mal como al Imperio: su hijo ha muerto, la guerra es un fracaso, y el emperador fallece. Así que él muere también simbolizando el final de una época, la del Antiguo Régimen del Imperio Austro-Húngaro, una época que no fue cualquier cosa: de aquel caldo de cultivo vienés surgieron pensadores como Husserl, Witgenstein, Freud o Popper, historiadores como Hobsbawn y Gombrich, pintores como Gustav Klimt, músicos como Mahler, y escritores como Kraus, Zweig y Broch. Además, el posterior exilio vio nacer a cineastas como Fritz Lang, Billy Wilder u Otto Preminger. Muchos de estos intelectuales eran judíos y desempeñaron un papel importante en la formación de los cimientos de nuestra modernidad.


La marcha Radetzky tiene una interesante cantidad de páginas y eso suele preocupar de antemano a muchos lectores, pero no teman, nada de eso ocurre con este libro. Está escrito en una prosa sobria, contundente, llana, austera diría yo, no hay ni un adorno o concesión literaria poética, incluso hay partes que pueden transmitir la sensación de que no ocurre nada reseñable y que te las podrías saltar. Pero Roth transmite de forma magistral una mezcla inexplicable de nostalgia y tristeza, tiene una capacidad increíble para entrelazar un hecho histórico con una percepción psicológica en sus personajes: al final uno siente que acaba de ver la decadencia de toda una época. Curiosamente también tiñe de humor ciertas situaciones, lo que hace la novela sea algo entrañable desde el principio.

Hay un párrafo en el capítulo diez que a mí me tiene enamorado:
"El jefe de distrito, personalmente, jamás había estado enfermo. Cuando uno se ponía enfermo lo que tenía que hacer era morirse. La enfermedad no era sino un intento de la naturaleza para acostumbrar al hombre a la muerte".

¿No es realmente sublime? A mí, francamente, me lo parece.

Si te he despertado el interés en su lectura, puedes comprar el libro pinchando en este enlace.